CULPABLE
Concepción, así era su detestable nombre, nació de una relación que comenzó con un paseo de olla, pero que al final del día perdió control y entre millones de espermatozoides le tocó a ella la suertecita de llegar al mundo, a alborotar la vida de su padre, quién no pudo seguir la carrera de ingeniaría, y la de su madre, que no viajó con unas tías a ser acompañante mientras estudiaría en una universidad de México, sueños que se fueron por la alcantarilla. Ese hogar obligado duró casi 5 décadas de literal disfuncionalidad, penurias, peleas, y ni un abrazo, ni un te quiero de parte de sus donantes padres; jamás, ¿Cómo los iba a recibir si era la culpable de sus infortunios?...
Sus otros hermanos, con quienes se dejó de frecuentar antes de terminar la pubertad, nunca la aceptaron en su grupo, pues la mayoría de las peleas de sus padres se originaban en Concepción, nombre que ninguno de ellos entendía y les causaba miedo, tanto como el miedo que les daba la mayor, por ser tan mayor, tan solitaria y tan misteriosa; todas las desgracias de la familia fueron su culpa, pensaban, hasta que el tiempo, la distancia y el silencio la borraron de la memoria de los Rioalegre, así era su apellido…
Del colegio donde hizo la primaria y algunos años del bachillerato, la sacaron desterrada, prohibida, aniquilada, pues en unos ensayos de química, jugando con insumos desconocidos, una compañera, Alipia Agualimpia, estuvo a punto de perder la cara incinerada por ponerse de chistosa a cruzar insumos, Concepción, sus compañeros se burlaban de ella con el sobrenombre de POLVO, en un acto de valentía, se abalanzó y la salvó, pero el movimiento causó que el fuego se esparciera por todo el lugar, al punto que se quemó el laboratorio con todos sus equipos, la vicerrectoría académica con todos los expedientes de los malandros del colegio y la enfermería donde los profesores se divertían después de unas copas… Polvo fue la culpable de que casi cerraran el colegio.
Yendo por el mundo, comenzó a estudiar la universidad, sería la primera y única de la familia en graduarse profesional, algo por lo que se sentiría culpable siempre pues habría querido que todos sus hermanos lo lograran, los perdió de vista, pero ninguno lo logró, solo fueron vagos mantenidos mil oficios poca plata, aficionados a la mechita y a la selección, la salsa y todo tipo de fiestas y verbenas para lo que había unas pocas monedas, nunca para estudiar ni emprender…en fin, consiguió su primer trabajo, pero por sus figuras voluptuosas y el uniforme de dotación pequeño y apretado, un jefe visco y fumador empedernido, Don Severo Senón, se pasó de manos, la acosó, agredió y tocó, ella lo reportó en la gerencia pero la despidieron porque la encontraron culpable de exhibicionismo y provocación, y para afuera..
Logró graduarse de la U, pero no conservó ningún amigo de esos 5 años largos de estudios y trabajos en grupo, pues a Concepción, los compañeros le decían Ratatouille, pero no por la cocina sino porque mantenía en la biblioteca, nunca la quisieron, pues la responsabilizaban de que los profesores fueran tan exigentes y malhumorados por el nivel académico y el tipo de preguntas que hacia la muy culpable “Ratatu”.
Por fin logró casarse, lo hizo tres veces, cuatro si cuenta la rejuntada de varios años con un vecino que compartieron gastos y apartamento siendo muy jóvenes, ninguno tuvo otra pareja en ese tiempo, tuvieron mucha intimidad y salieron como pareja, lo disfrutaron, pero cuando debieron dar un paso adelante, Pepe Gallinazo, así era su nombre, la culpó pues consideró que ella le hizo perder varios años de su juventud, encerrado en una relación y unas paredes que no quería, la verdad es que ya no las necesitaba.
Comenzó su periplo por los matrimonios; su primer esposo, Amaranto Mamantúa, borrachín, flojo, mantenido, fiestero como sus hermanos, siempre con necesidades, expectativas y sueños pero ni un solo día responsable, con él tuvo un hijo, por descuido, no bien habían terminado la luna de miel que ella pagó cuando él ya estaba en la casa de su madre dándole quejas, jugando parqués, chupando ron y escuchando vallenatos clásicos, algo que haría hasta que tuvo el valor de decirle a ella que lo obligó a matrimonio, hijo y casa por fuera de la de su madre; la culpó de sus desgracias y ella con el pelado para un pueblo vecino.
Allí conoció a su segundo esposo, casi nada, el ALCALDE DEL PUEBLO Don Patricio Prócer, un hombre gentil con los demás y muy generoso con los recursos del pueblo; mantenía de fiesta y tenía varios grupos musicales contratados y pagados con el erario público que lo acompañaban todas las noches a recorrido por los barrios a donde les llevaba serenata; tenía doce secretarías de despacho y cada una debía organizar una fiesta por cada mes del año; en diciembre era la fiesta de la oficina del alcalde y la de cultura para que la rumba tomara 20 días, 10 de diciembre y 10 de enero; todos seguidos, todo el pueblo borracho. Eso sí, no había para educación, salud ni infraestructura, pero cada 4 años lo reelegían con un nombre distinto para no despertar sospechas entre las autoridades. El pueblo lo adoraba, realmente se pasaba bueno y no había violencia, solo trago, comida y música. Tuvo su segundo hijo, quiso poner juicio a la vida de Don Patricio y al pueblo en general, pero se unieron todos contra ella, la declararon persona no grata, mala influencia y la culparon de alterar el orden público. A Don Patricio le consiguieron una flaca alta descobalada, desgarbada, inviable, pobre, pero siiiiiñera para todo, muy amiga de su hermana la flaca alta y desentendida. Allí continuó el señor Prócer sus siguientes días con gota, diabetes, la presión alta y mal aliento; todos lo consideraban inocente y un alma de dios… ella culpable a buscar vida en otro pueblo.
Estaba recuperándose con sus dos hijos, por fin tenía algo de paz y buena situación económica por un negocio en solitario que emprendió, algunos ahorros que logró y mucho esfuerzo y sacrificio en sus trabajos, cuando conoció al hombre de sus sueños; espectacular el tipo, Fortunato Plata, agradable, buen aspecto físico, entendido, empleado de una gran institución, un gran sentido del humor que se reía de todas las ocurrencias de ella y la atendía muy bien. Tuvo su tercer hijo. Estuvieron felices un tiempo, pero el tipo comenzó a querer lograr relaciones con sus amigas, con sus compañeras de trabajo y con las clientas de su empresa, haciéndose siempre el inocente y desentendido; mantenía 16 horas en el celular, 2 comiendo y aseándose y 6 durmiendo; tenía relaciones virtuales con algunas mujeres de su juventud, con un par de compañeras de trabajo y ya tenía una amante creada con inteligencia artificial. Él se aburrió del silencio y falta de atención de ella, la culpó en su mundo de todos los males del hogar, se fue, la demandó y pidió indemnización por los daños y perjuicios causados… esa mujer era culpable y no se merecía el perdón ni de Dios, ni de la ley civil, ni de su familia, menos la de él.
Al final de sus días, habiendo terminado sus obligaciones con sus tres hijos y tres nietos, dejándolos muy bien asegurados, educados y personas de bien, en una conversación navideña, sin algún rumbo, algo desordenada, los tres hijos le hicieron saber de sus agradecimientos, de su amor y admiración, pero también le hicieron saber que la perdonaban por los malos hogares, los muchos maridos y por no haber llegado al final de sus días con uno de esos tres o cuatro esposos que tuvo durante su vida activa; entonces supo que sus hijos siempre la consideraron culpable.
Ya solo quedaba la soledad, el silencio, sus historias lindas, efímeras y bohemias que se había acostumbrado a recrear en su mente mientras soportaba la carga de estar condenada eternamente por el solo hecho de ser mujer y haber querido jugar a hacerlo bien, ella no pidió venir, pero si tenía el derecho a pedir cuándo y cómo irse; era cuestión de tiempo, porque la mente se encargaría de liberarla de ese peso.